La dulce música que los hijos de la noche erigen
Desgarra los sentidos de la ingenua luz diurna
Pues el alarido enervante del espectro abyecto
Resuena sólo dentro de su cabeza de lobo
Y quiebra sus pupilas como cristal ante el eco...
Sólo
Y se cuenta a sí mismo la misma historia de mil veces
Apoyándose en memorias de cicatrices cargadas
Recordando tiempos de otras soledades mediocres
Pues jamás llegaron a buenas compañías
Y se alimenta de la carne de quien ya no está
Por haberlo dejado sólo al expirar desangrada
A través de las heridas libertarias infringidas
Por los incisivos del que teme a la soledad
Casi tanto como a su imagen al espejo...
Sólo
Tosiendo sangre e inhalando salitre
Inundando de veneno el aire
Oscureciendo sus pulmones hasta hacerlos de piedra
Para que el corazón no esté solo
Mas el tiempo inexorable le envejece
Y sublimiza la soledad añejada con los años
En barricas de piel fría inexplorada
Maridable con oporto, tabaco y tinta
De los poemas libres, tanto como él mismo...
Sólo
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